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Tres años hacía que habíamos entrado en el s.XXI y yo me encontraba en Suecia haciendo mis prácticas de maestro. Este tipo de experiencias en época universitaria te empapan de mucho más que de lo meramente académico. El país báltico era entonces el paradigma de Estado de Bienestar para una Europa que quería seguir creciendo con un modelo que llevaba por bandera los derechos sociales conquistados por la socialdemocracia. Durante ese tiempo pude percibir que el ciudadano sueco creía en su modelo de Estado tan envidiado por otros muchos países. Se creían, y supongo que seguirán creyendo en ello, parte de unas políticas que como sociedad les hacían un poco, o bastante, mejor que la media. Sanidad pública sí, educación pública indiscutible, impuestos por supuesto, igualdad de oportunidades sin lugar a dudas, bajas por maternidad… Y claro, con razón un sueco me dijo mientras departíamos de política: “Suecia no es un país para hacerte rico, pero sí para vivir bien”. No he encontrado una frase que sea tan sencilla y que defina mejor el Estado de Bienestar.
Dos años después leía un titular en “El País” que decía:“Suecia es el único país del mundo donde puedes ganar unas elecciones diciendo que vas a subir los impuestos” .Obviamente las cuentas tienen que cuadrar si todos, y no unos pocos, queremos vivir bien.
¿Cuál es el paradigma hoy para Europa? Me asusta quien piensa que el modelo sueco fue sólo un dulce sueño del que estamos despertando.
Piensen en ello, aun estamos a tiempo de no involucionar.
Diego Cabero Jambrina
Colorado (EE.UU), noviembre de 2011







Un 10 de noviembre de hace veinte años la maestra preguntó a primera hora de la mañana, como hacía siempre, “¿Qué noticia importante se dio ayer?”. Y ante tal pregunta siempre había varias respuestas obtenidas la mayor parte de las veces de los avances del telediario. Pero ese día, una respuesta, tenía el privilegio de ser con diferencia la más importante, y en el tumulto provocado por respuestas de noticias no tan importantes levanté la mano, y esperé a que la maestra me diera la palabra; entonces respondí decidido: “La caída del muro de Berlín”. A mis ocho años, y aunque no sabía qué separaba ese muro que copaba los informativos, ese muro que hablaba de “Alemanias”, la noticia me impactó. Los ojos inocentes de un niño se cargaron de imágenes de un muro rendido por una multitud que solo quería atravesarlo, de los restos de un muro abarrotado de grafitis; y todo a través de una vieja televisión Grunding. Pero cuando la maestra dijo “si, efectivamente, la caída del Muro de Berlín”, entonces me di cuenta que aquello que mis saberes de entonces no sabían explicar, aquello que hasta el momento era simplemente algo llamativo, era también algo importante.